Pablo Sánchez Bergasa, fundador y CEO de Medical Open World: “Detrás de cada proyecto, donación o alianza hay vidas concretas”
Medical Open World nace en 2014 para responder a una necesidad urgente: evitar la muerte de un millón y medio de bebés cada año por causas prevenibles. En 2017, Pablo Sánchez Bergasa se suma a la iniciativa con una mirada renovada y una profunda vocación social: impulsar incubadoras neonatales de bajo coste para hospitales en contextos vulnerables. El proyecto ya ha impactado en más de 30 países, salvando la vida de cientos de recién nacidos.
Pablo Sánchez obtuvo el Premio Princesa de Girona Social 2025 y será el encargado de clausurar el 24 Congreso de Fundraising, que se celebra en Madrid entre el 2 y 4 de junio, con la sesión “Esto es vida” en la que trasladará cómo la ingeniería puede convertirse en una herramienta directa para salvar vidas.
Conversamos con el CEO y fundador de Medical Open World en el Blog de la AEFr.
Tu trayectoria combina ingeniería, innovación y un fuerte compromiso social. ¿En qué momento decides poner la tecnología al servicio directo de salvar vidas?
Yo creo que fue un proceso bastante natural. Desde pequeño me ha gustado construir cosas, entender cómo funcionan y pensar cómo mejorarlas. La tecnología siempre me ha apasionado, pero hubo un momento en el que entendí que podía servir para mucho más que para hacer un producto interesante… ¡Podía servir para salvar vidas!
Cuando conocí de cerca la realidad de muchos hospitales sin recursos, vi que algo tan “simple” como una incubadora podía marcar una diferencia brutal. Ahí fue cuando pensé: si tengo los conocimientos para aportar algo útil, no tiene sentido quedarme quieto. Y desde entonces intento que la ingeniería no sea solo una profesión, sino también una herramienta al servicio de los demás.
Desde 2017 impulsas incubadoras neonatales de bajo coste en contextos vulnerables. ¿Cuál ha sido el mayor reto a la hora de llevar una solución técnica a realidades tan complejas?
El mayor reto ha sido entender que no basta con diseñar una buena solución técnica. En contextos vulnerables, lo difícil no es solo construir una incubadora, sino hacer que realmente funcione en destino, que sea reparable, asumible, comprensible y útil en entornos muy distintos a los de Europa.
Hemos aprendido a evolucionar mucho. Empezamos con una motivación muy técnica, centrados en diseñar una incubadora accesible, pero con el tiempo entendimos que el verdadero proyecto era mucho más amplio: logística, formación, seguimiento, mantenimiento, alianzas locales y adaptación cultural.
La incubadora no puede depender de grandes infraestructuras, porque precisamente va a lugares donde esas infraestructuras fallan. Por eso la evolución de la ONG ha sido también la de pasar de fabricar un dispositivo a construir un modelo de acompañamiento y sostenibilidad.
El proyecto de Medical Open World ha llegado a más de 30 países y comunidades que no cuentan con recursos para adquirir esas incubadoras. ¿Qué has aprendido trabajando con hospitales y comunidades tan diversas?
He aprendido, sobre todo, a escuchar mucho más. Cuando uno empieza, puede pensar que va a “solucionar el mundo”, pero la realidad te enseña que las soluciones solo funcionan cuando se construyen desde la humildad, entendiendo el contexto de cada hospital y de cada comunidad.
También he aprendido que, aunque los contextos culturales sean muy distintos, hay algo que se repite en todas partes: el deseo inmenso de cuidar la vida. Médicos, enfermeras, familias y voluntarios comparten esa misma voluntad de sacar adelante a los bebés, aunque a veces no tengan medios. Nosotros aportamos una herramienta, pero ellos aportan algo igual de importante: compromiso, entrega y humanidad.
Y quizá la gran lección es que la dignidad no depende de los recursos. En hospitales muy precarios he visto una entrega extraordinaria. Eso te cambia la forma de entender la cooperación y también la forma de entender la ingeniería.
Clausurarás el 24 Congreso de Fundraising con tu ponencia “Esto es vida”, en la que compartirás cómo la ingeniería puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. ¿Qué papel crees que tiene la innovación social en el impacto que generan las ONG en la sociedad?
Creo que la innovación social es clave porque permite que las ONG no solo atiendan necesidades, sino que encuentren nuevas formas de responder a ellas con más eficacia, más dignidad y más alcance. A veces asociamos innovación con tecnología compleja, pero para mí innovar es encontrar una solución realista, sencilla y sostenible para un problema urgente.
En nuestro caso, la innovación social consiste en traducir la ingeniería en impacto humano. No se trata de desarrollar tecnología por desarrollarla, sino de ponerla al servicio de quienes más la necesitan. Cuando una ONG incorpora innovación bien enfocada, multiplica su capacidad transformadora. Puede llegar más lejos, adaptarse mejor y generar soluciones que otros también puedan replicar. Ahí es donde el impacto deja de ser puntual y empieza a convertirse en cambio estructural.
Muchas ONG y entidades del Tercer Sector trabajan con recursos limitados. Desde tu experiencia, ¿cómo pueden integrar la innovación sin perder el foco en su misión?
Yo diría que la clave es empezar siempre por la necesidad real y no por la herramienta. La innovación no debe convertirse en un fin en sí mismo ni en una moda. Tiene sentido cuando ayuda a cumplir mejor la misión.
También creo que es importante asumir que innovar no siempre exige grandes presupuestos. A veces empieza con una pregunta sencilla: “¿Hay una forma mejor de hacer esto?”. La innovación puede estar en un proceso, en una alianza, en una forma distinta de fabricar, medir o acompañar. Nosotros mismos hemos demostrado que con recursos muy limitados, pero con claridad de propósito, se pueden construir soluciones con muchísimo impacto.
Y algo fundamental: innovar no es correr solo. Las ONG pueden apoyarse en empresas, universidades, centros de FP, voluntarios y aliados estratégicos. Cuando esa red está bien orientada, la innovación no te aleja de la misión, sino que te ayuda a cumplirla mejor.
Has sido reconocido con el Premio Princesa de Girona Social 2025. ¿Qué significa este reconocimiento para ti y para el proyecto que lideras?
Lo vivo con muchísima gratitud y también con mucha responsabilidad. En lo personal, es un reconocimiento que me emociona porque valida un camino que empezó de forma muy sencilla, en un taller casero improvisado, y que ha ido creciendo con mucho esfuerzo, muchas horas y también muchas dudas.
Pero, sobre todo, siento que este premio no habla solo de mí. Habla del proyecto, de los voluntarios, de los aliados, de los hospitales que confían en nosotros y de cada persona que ha hecho posible que una incubadora llegue donde parecía imposible.
Además, este reconocimiento nos da visibilidad y credibilidad para seguir creciendo. Y eso, en un proyecto como el nuestro, puede traducirse en nuevas alianzas, más apoyo y, en última instancia, en más vidas salvadas. Así que lo recibo con alegría, pero también como un impulso para seguir trabajando con más fuerza.
El cierre de los Congresos de Fundraising siempre es inspirador. ¿Por qué no debería nadie perderse el 24 Congreso de Fundraising? ¿Qué aprendizaje o enseñanza te gustaría que se llevaran los asistentes?
Porque creo que todos necesitamos recordar, de vez en cuando, para qué hacemos lo que hacemos. El fundraising no trata solo dar lo que me sobra, trata de confianza, de propósito y de movilizar a otros en torno a algo que merece la pena.
Me gustaría que los asistentes se llevaran una idea muy clara: que detrás de cada proyecto, de cada donación y de cada alianza hay vidas concretas. A veces hablamos de impacto en abstracto, pero cuando ves que una incubadora puede cambiar el destino de un bebé, entiendes que todo cobra sentido.
También me gustaría transmitir que no hace falta esperar a tenerlo todo para empezar. Muchas veces el cambio empieza con una persona que decide no mirar hacia otro lado. Si alguien sale del Congreso con más valentía para actuar, me daré por satisfecho.